Cada mayo, las solapas argentinas se tiñen de celeste y blanco. Pero detrás de ese pequeño círculo de tela –hoy existen de metal y otros materiales- que llevamos en el pecho late una historia de urgencias militares, mujeres solidarias y debates históricos: ¿la escarapela es realmente un símbolo patrio?
La respuesta corta es no. La Argentina reconoce oficialmente tres símbolos nacionales: la Bandera, el Escudo y el Himno. La escarapela, en cambio, nació como un distintivo de reconocimiento en el campo de batalla, cuando la confusión de colores podía costar vidas.
La imagen escolar de French y Beruti repartiendo cintas bajo la lluvia el 25 de mayo de 1810 es más leyenda que realidad. En aquellos días, los colores eran un caos: se usaban blancos, rojos -el color de los realistas- y cualquier tela disponible. El verdadero impulsor fue Manuel Belgrano, quien en febrero de 1812, desde Rosario, pidió al Triunvirato un distintivo único para evitar que sus tropas se confundieran y se dispararan entre sí. El 18 de febrero llegó la autorización: celeste y blanco.

La orden planteaba un desafío logístico: producir miles de escarapelas en tiempo récord. Fue entonces cuando las mujeres rosarinas, encabezadas por María Catalina Echevarría de Vidal, se organizaron. Compraron cintas de raso y seda y cosieron moños y lazos rústicos que los soldados prendían en sombreros y uniformes. En menos de una semana, el ejército entero lucía los nuevos colores.
Aunque el Triunvirato aprobó la escarapela el 18 de febrero, el Día de la Escarapela se celebra cada 18 de mayo. La fecha fue fijada en 1935 por el Consejo Nacional de Educación y refrendada en 1941, como antesala de la Semana de Mayo y gesto de orgullo nacional.



